Una mirada renovada del Síndrome del impostor

Por Florencia Rodríguez, psicóloga laboral con enfoque en género y diversidad

Desde la psicología sabemos que incluso aquello que genera malestar, como el Síndrome del Impostor, probablemente también tenga algo que lo sostenga. Porque la inseguridad propia del Síndrome del Impostor no es para nada grata, pero la formación y el aprendizaje constante que muchas veces promueve sí lo son, especialmente en un contexto donde la actualización permanente se presenta como una buena práctica profesional.

Y aquí aparece uno de los insights más relevantes que fui construyendo a partir de mi trabajo en capacitaciones y sesiones 1:1 de psicología laboral con enfoque en género y diversidad. A veces, detrás de aquello que disfrutamos, valoramos o incluso promovemos -como puede ser la capacitación constante- también pueden esconderse formas más sofisticadas de detenimiento en el crecimiento profesional, dificultando la posibilidad de correrse de esa lógica. Así, se corre el riesgo de desviar la atención hacia espacios de formación que, aunque valiosos, muchas veces terminan distrayendo de otros aprendizajes y experiencias con mayor impacto real en el desarrollo profesional.

Repasemos el concepto de Síndrome del Impostor: describe esa sensación persistente de no estar suficientemente preparadas, de sentir que todavía falta algo antes de animarse a dar determinados pasos profesionales.

Son varias las consecuencias de estos fenómenos. Entre ellas, aparece la búsqueda constante de adquirir mayor conocimiento como forma de compensar esa inseguridad. Diversos indicadores educativos muestran una participación femenina creciente y sostenida en estudios superiores, posgrados y espacios de capacitación permanente, sin que eso se traduzca, en la misma proporción, en una mayor presencia de mujeres en puestos de liderazgo, espacios de decisión o posiciones jerárquicas. El famoso techo de cristal.

Y antes de continuar con este insight, quiero aclarar algo: la formación constante y la especialización son sumamente necesarias, claro que sí. Soy docente en la universidad, estimo el conocimiento, así como su producción y desarrollo. Pero lo que señalo aquí es otra cosa: esa necesidad persistente de ir detrás del próximo curso, no tanto por el aporte real que pueda tener en el desarrollo profesional, sino como una forma de compensar inseguridades, aun cuando también exista un genuino disfrute por seguir formándose.

¿Qué sucede con este fenómeno en el actual contexto que estamos viviendo? La pospandemia y la aceleración de las economías digitales transformaron profundamente la manera en que se alimenta y se sostiene esta problemática. Por un lado, vivimos una democratización inédita del acceso al conocimiento. Nunca hubo tanta oferta formativa disponible. Las plataformas digitales promueven el acceso a TODO: podcasts, cursos on demand, workshops, ebooks, mentorías, vivos, certificaciones, plataformas educativas, comunidades virtuales y contenido gratuito circulando de forma permanente.

Y esto, en muchos sentidos, es algo extraordinario. Sin embargo, hay una parte menos conversada de este fenómeno: la sobreoferta de formación dialoga de manera perfecta con el Síndrome del impostor. Porque la inseguridad profesional y el gusto por aprender empiezan a retroalimentarse en un contexto que ofrece todo, accesible, infinito en términos de capacitación y actualización.

Cuanto más accesible, inmediata e infinita parece la oferta de conocimiento, más fácil es entrar en la sensación de que todavía falta algo más. Otro curso. Otra herramienta. Otra certificación. Otra validación antes de exponerse, crecer o animarse.

En este contexto, más que nunca, es importante entrenar el criterio sobre qué formación es especialmente relevante en el desarrollo de carrera.

Brechas que genera el Síndrome del impostor en el nuevo contexto

En sesiones 1:1 de psicología laboral, me encontré muchas veces trabajando una escena cada vez más frecuente: personas con trayectoria y experiencia profesional que llegan muy enfocadas en decidir cuál debería ser la próxima formación, curso o especialización a realizar. Observo cómo el foco de atención va dirigido a nuevas capacitaciones, incluso en momentos donde aquel conocimiento que están desarrollando ya no modifica significativamente su posicionamiento profesional ni impacta de manera directa en sus próximos desafíos laborales.

Muchas veces son formaciones interesantes, valiosas o estimulantes. Pero el tiempo también es un recurso. Y, además, un recurso profundamente desigual.

Entre jornadas laborales extensas, tareas de cuidado, sobrecarga mental y múltiples exigencias cotidianas, seguir agregando horas de formación puede incrementar una brecha en el recurso tiempo, consumiendo energía que podría destinarse a otras dimensiones igual de importantes para el desarrollo profesional: generar redes, construir visibilidad, participar de conversaciones estratégicas, negociar, exponerse o simplemente animarse a ocupar espacio.

A eso se suma otra característica muy propia de las economías digitales: la exposición y visibilidad. Hoy no parece alcanzar solamente con tener conocimiento y trabajar bien. También es necesario darle visibilidad al trabajo: mostrarlo, construir marca personal, sostener presencia y comunicar seguridad de forma constante.

Porque en un contexto laboral donde hay sobreoferta de profesionales, el diferencial empieza a construirse cada vez más alrededor de la marca personal, y ya no solamente por la adquisición de conocimiento.

En la era de la economía tradicional, sí era suficiente con “tener” un título, “tener” un conocimiento; la economía digital te dice: esto está accesible, no te diferenciás por eso.

Entonces, ¿por qué te vas a diferenciar en el mercado? ¿Vas a seguir apostando solo al desarrollo de conocimiento propio de una lógica más tradicional? Corremos el riesgo de incrementar la brecha de posicionamiento profesional compitiendo en el mercado únicamente con el valor de “tener conocimiento”.

No digo que no sea valioso, pero no suficiente. El “no suficiente”, ¿te suena?

Tal vez sí no estemos preparadas

Y acá aparece quizás el insight más importante que fui construyendo al trabajar estos temas. Tal vez sea cierto que muchas veces sentimos que no estamos preparadas. Y frente a eso no hay nada peor que respondan: “pero sí podés”, “si sos profesional”, “mirá lo capaz que sos”.

Justamente es lo que trabajo en mis sesiones 1:1. Nada me parece menos acertado que frente a una persona que, por supuesto, tiene los recursos, responder de esta manera. Y no solo porque considero que no es la mejor intervención, sino porque estoy convencida de que tal vez sí no estemos preparadas. Pero eso que nos falta no es un saber técnico que se adquiere en la próxima formación.

Entonces la pregunta cambia. Tal vez lo que falta sea otro tipo de saber. Y aquí se abren muchos saberes no técnicos que no están tan al alcance en ese universo infinito de oferta de cursos. Menciono algunos de los más relevantes que veo y trabajo en sesiones:

• Cómo se desarrolla la plena autonomía en proyectos laborales. Esta inseguridad aparece muchas veces disfrazada del famoso “me encanta trabajar en equipo” o en la búsqueda de socio o socia sin saber todavía qué va a requerir el proyecto. Este es un tema que amerita otro artículo, pero es necesario presentarlo para ilustrar en qué cosas sí es cierto que podemos no sentirnos preparadas: afrontar con autonomía desafíos profesionales. Podemos pedir ayuda, podemos dejar que nos acompañen, sí, pero lo que veo en muchos casos es compensar esta inseguridad detrás de sociedades o falsos trabajos en equipo que esconden dependencia. Y es válido sentirse no preparadas.

• La habilidad de negociación. Clara Coria, en su libro “Las negociaciones nuestras de cada día”, ya explicó cómo la negociación es una habilidad que históricamente fue enseñada desde una mirada masculinizada. Por lo que también es entendible no sentirnos preparadas en negociación.

Y así podemos mencionar otros desafíos: ventas, hablar de dinero, sostener conversaciones de poder, ocupar espacios de decisión, dar visibilidad, construir legitimidad profesional. Saberes que históricamente circularon de manera desigual según la socialización de género y que muchas veces estuvieron más presentes en conversaciones masculinizadas sobre trabajo, liderazgo y dinero.

Y eso cambia la mirada sobre el Síndrome del Impostor. Porque entonces no se trata solamente de “ganar confianza”. También se trata de revisar qué herramientas simbólicas, económicas y vinculares fueron promovidas -o no- en determinados recorridos profesionales.

De hecho, las economías digitales también trajeron otra paradoja que merece ser observada. Muchas propuestas de negocio digital lideradas por mujeres generaron oportunidades valiosas de independencia económica. Pero al mismo tiempo, en algunos casos, implicaron un retorno silencioso hacia dinámicas de mayor aislamiento laboral.

Detrás de la comodidad de trabajar desde casa pueden aparecer también pérdidas menos visibles: menos networking, menos circulación profesional, menos intercambio cotidiano, menos acceso a sponsors o figuras que impulsan y validan el crecimiento profesional, mentorías y conversaciones informales donde muchas veces se construyen oportunidades de crecimiento.

Porque las carreras profesionales no crecen únicamente por capacidad o formación. También crecen en la conversación, en la red, en la circulación y en la posibilidad de habitar espacios compartidos. Esa inseguridad en la que sentimos que no estamos preparadas, posiblemente refiera a que nos falta un saber sí, pero un saber que no está en la universidad, sino en otros espacios igualmente potentes.

Entonces, ¿de qué manera podemos desarrollar ese saber? La zona de crecimiento para las personas y para las organizaciones es en la zona de diferencias, es ampliando tu red, abriendo conversaciones, con mujeres y con varones, y si son personas diferentes a vos, mejor. ¿Por qué? Las personas no crecemos desde nuestra zona de afinidad. El sesgo de afinidad nos hace acercarnos a lo parecido. Y eso está bien al inicio. Pero quedarnos solo con personas que les sucede lo mismo, nos refuerza las creencias y pensamientos que ya tenemos sobre la realidad. Entonces, para cambiar y en consecuencia, para crecer, necesitamos trascender nuestros círculos de networking afín, y ampliarlo en grupos lo más diversos posibles.