Seguridad alimentaria: el desafío de articular empresas, organizaciones y comunidades

En el encuentro #PEPForum, organizado por los 20 años de la Fundación PepsiCo Argentina, referentes de organizaciones sociales, del ámbito académico y de la sustentabilidad analizaron las causas de la inseguridad alimentaria y el potencial de las alianzas para generar respuestas sostenidas.

La inseguridad alimentaria no se explica únicamente por la falta de alimentos. También intervienen las dificultades de acceso, las condiciones de vida de las familias, la infraestructura de los territorios y las oportunidades para sostener una alimentación adecuada durante la infancia. Frente a este escenario, la articulación entre empresas, organizaciones sociales y otros actores puede contribuir a ampliar el alcance de las respuestas, siempre que contemple las particularidades de las comunidades.

Esta fue una de las principales ideas que atravesaron el encuentro #PEPForum “Nutriendo en Red”, que la Fundación PepsiCo realizó en el marco de sus 20 años. La jornada reunió a referentes de distintas organizaciones y sectores para conversar sobre seguridad alimentaria, compartir experiencias de trabajo conjunto y reconocer a quienes contribuyeron a los proyectos desarrollados durante estas dos décadas.

Recuperar alimentos para ampliar el acceso

Uno de los puntos de partida del debate fue la paradoja de que, mientras una parte de la población enfrenta dificultades para acceder a una alimentación suficiente, muchos alimentos quedan fuera de los circuitos de comercialización y consumo. Así lo sostuvieron en el primer panel, moderado por Andrea Valdez de Pepsico.

Pablo Algrain, del Banco de Alimentos, explicó que la pérdida puede producirse en distintas etapas de la cadena: desde frutas y verduras que no cumplen con los estándares comerciales hasta productos que no llegan a venderse por cuestiones de envasado o proximidad de la fecha de vencimiento.

Según los datos que compartió durante el encuentro, el 12,5% de los alimentos queda fuera de la cadena y, en el caso de las frutas y verduras, la proporción alcanza casi el 45%. Para el especialista, estas cifras permiten dimensionar una problemática que no depende exclusivamente de cuánto se produce: “Acá no hay un problema de producción de alimentos, es un problema de gestión y de acceso”, señaló. En ese sentido, destacó el papel de los bancos de alimentos, que recuperan productos aptos para el consumo y los distribuyen a organizaciones sociales, como comedores, merenderos y jardines.

La experiencia de Nodo, una iniciativa que trabaja en la recuperación de alimentos directamente de los productores, también mostró el potencial de intervenir en las primeras etapas de la cadena. Juan Magnoni, integrante de la organización, recordó que durante la pandemia se generó un excedente extraordinario de papa cuando disminuyó la demanda de determinados sectores comerciales.

A partir de esa situación, la articulación entre productores, empresas y la red de bancos de alimentos permitió recuperar más de 500 camiones de papa en tres meses y distribuirlos en distintos puntos del país. La experiencia abrió nuevas posibilidades para recuperar productos que quedan fuera del mercado por no cumplir con determinados estándares comerciales.

Magnoni señaló que el trabajo posterior se extendió a otros alimentos, como lechuga, tomate, brócoli y kiwi. Según explicó, Nodo lleva recuperados más de ocho millones de kilos de distintos productos, que luego son entregados a los bancos de alimentos para su distribución.

La iniciativa busca responder a dos desafíos complementarios: contribuir al acceso a los alimentos y reducir el impacto ambiental asociado a su desperdicio. Para ello, resulta central conectar a los productores con las organizaciones que pueden aprovechar esos excedentes, mediante mecanismos de recuperación y distribución.

La inseguridad alimentaria y las desigualdades desde la infancia

La recuperación de alimentos es una parte de la respuesta, pero no alcanza por sí sola para resolver las privaciones que atraviesan las familias en situación de vulnerabilidad. Así lo plantearon Catalina Hornos, de Haciendo Camino, e Ianina Tuñón, del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA).

Haciendo Camino trabaja con familias en contextos de pobreza estructural, especialmente en el norte argentino, y acompaña a niños y niñas durante sus primeros años de vida. Hornos advirtió que las dificultades no se limitan a la disponibilidad de comida: también están relacionadas con el acceso al agua potable, la atención sanitaria, la educación y la infraestructura.

La organización observa, además, un deterioro reciente de la situación alimentaria entre las familias con las que trabaja. “Hoy el 55% te dice que sus hijos no comen todos los días”, afirmó durante el panel.

La referente también destacó que la alimentación debe analizarse tanto en términos de cantidad como de calidad y de las posibilidades concretas de preparar y conservar los alimentos. Por eso, el acompañamiento a las familias requiere considerar sus condiciones cotidianas y las barreras que enfrentan para acceder a servicios básicos.

Desde el ámbito académico, Tuñón aportó una mirada sobre la evolución de la inseguridad alimentaria infantil a partir de las mediciones que realiza la UCA desde 2004. Según explicó, las restricciones económicas afectan progresivamente la cantidad y la calidad de los alimentos que consumen los hogares, y las mujeres suelen ser las primeras en reducir su propia ingesta para sostener la alimentación del resto de la familia.

La investigadora señaló que la inseguridad alimentaria severa que afecta directamente a niños y niñas alcanza, en promedio, al 35% de la infancia en Argentina, con niveles considerablemente más altos en zonas del norte del país.

Tuñón también destacó la importancia de las transferencias de ingresos y de las prestaciones alimentarias para reducir las privaciones más graves, aunque advirtió que estas medidas no alcanzan para erradicar el problema. Las condiciones de vida, las distancias, la infraestructura deficitaria y las dificultades de acceso a servicios profundizan las desigualdades en determinados territorios. “Las privaciones alimentarias son multidimensionales. No va a ser suficiente con que tengamos los alimentos y podamos repartirlos”, sostuvo.

En los primeros años de vida, agregó, la alimentación también involucra el cuidado, el vínculo afectivo y el acompañamiento a las personas adultas responsables de la crianza. Por eso, destacó la relevancia de los programas que intervienen de manera integral y permiten detectar tempranamente las barreras que enfrentan las familias.

Alianzas que se construyen con las comunidades

El segundo panel del encuentro, moderado por Diego Hekimian de Pepsico, puso el foco en las condiciones necesarias para sostener las alianzas a lo largo del tiempo. Las experiencias compartidas coincidieron en que el trabajo conjunto requiere mucho más que reunir recursos: implica construir confianza, desarrollar objetivos comunes y revisar las estrategias a partir de lo que sucede en cada territorio.

Florencia Salvi, especialista en sustentabilidad, repasó la evolución de la agenda empresarial en esta materia y el vínculo construido con la Fundación PepsiCo y la compañía a lo largo de los años. Desde su experiencia, destacó que la continuidad de las iniciativas depende tanto de la confianza institucional como de las relaciones entre las personas que las llevan adelante.

“Los lazos y la confianza y la construcción colectiva fueron claves”, afirmó. También señaló la flexibilidad como un atributo fundamental para adaptarse a los cambios y seguir construyendo respuestas en conjunto.

La experiencia de Asociación Conciencia en Tucumán mostró cómo esa adaptación puede modificar el diseño de un programa. Silvana García, integrante de la organización, recordó que uno de los primeros desafíos fue construir un equipo de trabajo que integrara el compromiso de la Fundación PepsiCo con la experiencia territorial de la asociación.

El trabajo en escuelas de localidades alejadas implicó revisar las expectativas iniciales y comprender las necesidades expresadas por cada comunidad. En algunos casos, las instituciones no requerían donaciones de materiales didácticos, sino acompañamiento para fortalecer a los equipos docentes.

Ese aprendizaje llevó a reformular las intervenciones y a involucrar a docentes, familias y otros integrantes de las comunidades educativas. “Las líneas de programa fueron co-creadas. En cada espacio, en cada territorio, se lo creó con la realidad y con la idiosincrasia del lugar”, explicó García.

La adaptación también supuso revisar los modos de comunicar y desarrollar las actividades, incorporando expresiones locales y herramientas acordes con cada contexto. La experiencia mostró que la implementación de una iniciativa no puede trasladarse de manera idéntica de un territorio a otro, incluso cuando se parte de una misma propuesta.

Cristina Maceira, asesora nutricional, recordó que los primeros programas comunitarios surgieron con el objetivo de acercar conocimientos sobre nutrición, salud y alimentación a niños y niñas, con la participación de docentes y familias. Para llevarlos adelante, fue necesario desarrollar materiales y actividades que tradujeran los contenidos en experiencias concretas, adaptadas a las edades y a las necesidades de cada población.

La construcción de equipos y el fortalecimiento de las capacidades locales fueron parte de ese proceso. Maceira destacó que el trabajo articulado permitió desarrollar propuestas sostenidas en el tiempo, con actividades que acompañaban a los chicos desde el nivel preescolar hasta tercer grado y que podían modificarse según las problemáticas de cada comunidad.

En el marco de los 20 años de la Fundación PepsiCo Argentina, el encuentro puso en valor el papel de las organizaciones aliadas, las personas voluntarias y los colaboradores de la compañía que participaron en las iniciativas desarrolladas durante este período.