Salud mental: el costo de tener que estar bien todo el tiempo
En el Mes de Concientización sobre la Salud Mental, SanCor Salud comparte los principales conceptos abordados por el especialista Sebastián Saravia durante su participación en el ciclo de charlas de Fundación SanCor Salud.

Mientras crecen las alertas sobre la presión por estar bien todo el tiempo, desde SanCor Salud invitan a repensar qué significa realmente cuidarse. Hoy se habla de salud mental como nunca antes. Terapia, amor propio, bienestar emocional: conceptos que ganaron centralidad en redes sociales, medios y conversaciones cotidianas. Sin embargo, en paralelo a esta mayor visibilidad, aparece una pregunta incómoda: ¿estamos entendiendo realmente de qué hablamos cuando hablamos de salud mental?
En un contexto marcado por la hiperconexión, la sobreinformación y la exigencia constante, el malestar adopta nuevas formas. Ya no se trata solo de estrés o ansiedad, sino también de una presión silenciosa: la de tener que sentirse bien y ser productivos todo el tiempo. En ese escenario, el psicólogo Sebastián Saravia —una de las voces del ciclo de charlas impulsado por la Fundación SanCor Salud— propone mirar el “lado B” de la salud mental: aquello que no siempre se dice, pero que atraviesa a muchas personas.
“Hoy se habla de salud mental, incluso en exceso. Pero muchas veces esa sobreexposición viene acompañada de una banalización. Las personas ya no buscan espacios para conversar o revisar lo que les pasa, sino respuestas rápidas en redes, en videos o incluso en inteligencia artificial”, señala. Lejos de simplificar el acceso a herramientas de cuidado, esta lógica puede generar el efecto contrario: más exigencia, más comparación y, en muchos casos, más frustración.
Otro de los ejes que Saravia pone en tensión es la idea de que hacer terapia debería ser una obligación o un estándar social: “La terapia no es necesaria para todo el mundo ni para todos los momentos de la vida. Es una herramienta valiosa, pero requiere algo fundamental: estar dispuesto a cuestionarse, a atravesar lo que uno siente y a hacer algo distinto con eso”, indica.

A esta presión se suma otra característica de época: la dificultad para habitar el descanso. En un entorno donde predomina la lógica del rendimiento, frenar puede percibirse como una pérdida de tiempo: “Vivimos bajo la idea de ser productivos todo el tiempo. Pero es en los ‘tiempos vivos’, esos momentos donde no estamos produciendo, donde aparece lo más propio. Detenerse, incluso para algo tan simple como descansar o compartir con otros, es hoy casi un acto revolucionario”.
El impacto de estos discursos no es menor. La combinación de hiperexigencia, idealización del bienestar y debilitamiento de los vínculos puede derivar en mayor cansancio emocional, sensación de insuficiencia y aislamiento. “El individualismo actual instala la idea de que no necesitamos a los demás. Pero eso tiene un costo: nos volvemos más exigentes con nosotros mismos y más intolerantes a la frustración. Muchas personas terminan sintiéndose sus propios enemigos”, explica al respecto Saravia.
Frente a este panorama, la propuesta no es sumar más exigencias, sino recuperar una mirada más realista y humana sobre el bienestar. Aceptar que no siempre vamos a estar bien, habilitar el malestar como parte de la experiencia y construir espacios propios donde poder frenar y conectar con lo que nos pasa, aparecen como claves posibles.
