Vestido blanco: los mandatos que se heredan, se encarnan y se cuestionan
Por Stephanie Simonetta
A través de archivos familiares, la obra dirigida por Karla Torres explora cómo los mandatos sociales y familiares atraviesan los cuerpos y las historias personales. Una experiencia teatral que desdibuja los límites entre escena y público para convertir la memoria íntima en una pregunta colectiva.
¿Qué guardan las prendas que pasan de una generación a otra? ¿Qué historias permanecen adheridas a los objetos familiares y cuáles siguen sin encontrar palabras? En “Vestido Blanco. Los mandatos hechos rito, eco y destino» esas preguntas toman cuerpo cuando un joven homosexual alza como reliquia el vestido nupcial de su madre.
Con dramaturgia de Mateo Riperto y dirección de Karla Torres, la obra, interpretada por Teresita Velázquez y Nahuel Ayuse, propone un recorrido por la vida de Rosanna a través de algunos de sus hitos: la comunión, los quince años y el casamiento. Rituales que condensan expectativas sociales sobre los cuerpos, la feminidad, la familia y los destinos que parecen venir escritos de antemano.
La escena recupera fotografías, cartas, audios y objetos heredados para reconstruir esa historia. En ese armado, las prendas y la sábana sobre la que se proyectan imágenes y videos del pasado construyen un lenguaje propio. Las distintas texturas evocan las capas de una historia: lo que se muestra, lo que se oculta, lo que se conserva y aquello que cambia de significado con el paso del tiempo.

En ese entramado visual, las texturas parecen hablar también de los propios personajes. Como las telas, las personas están hechas de capas que no siempre resultan compatibles entre sí. En ellas conviven las expectativas recibidas, los afectos, las contradicciones y la posibilidad de construir una relación diferente con aquello que les fue transmitido.
El juego de luces y sombras profundiza esa exploración. Lo que aparece iluminado no agota lo que sucede en escena; siempre queda algo en penumbra, una zona que no termina de revelarse. Esa tensión dialoga con el modo en que se construyen las historias familiares: hay recuerdos que se conservan con precisión, otros que se transforman y muchos que permanecen en silencio.
La luz permite recuperar fragmentos del pasado, mientras que la sombra recuerda que ninguna reconstrucción puede ser completa. Entre ambas se configura un espacio en el que los personajes no quedan reducidos a una única interpretación. Sus historias, como las de cualquier persona, están atravesadas por ambivalencias y tensiones que resisten las explicaciones simples.

Esa complejidad también alcanza a los mandatos. Las tradiciones familiares no se transmiten necesariamente como imposiciones explícitas: pueden estar mezcladas con el amor, el cuidado, el sentido de pertenencia y el deseo de responder a las expectativas de quienes nos precedieron.
A lo largo de la función, la frontera entre quienes actúan y quienes observan se vuelve porosa, hasta el punto de que no siempre resulta evidente dónde empieza y dónde termina la obra. Ese movimiento transforma la experiencia de espectar. La historia de Rosanna conserva su singularidad, pero deja de pertenecer exclusivamente a los personajes. Los objetos, las imágenes y los rituales pueden despertar asociaciones propias, recuerdos familiares y preguntas que cada persona lleva consigo.
La ruptura de esa distancia cobra una fuerza particular hacia el final. Cuando los límites entre representación y experiencia compartida ya se han vuelto difusos, el desenlace adquiere una dimensión especialmente movilizante. La emoción no surge únicamente de lo que ocurre en escena, sino también de todo aquello que la obra fue construyendo en el vínculo con quienes están presentes. Quizás allí resida una de las potencias de Vestido Blanco: en hacer de una memoria íntima una experiencia capaz de resonar más allá de su historia original.

Inspirada en el biodrama y en el enfoque del Proyecto Archivos de Vivi Tellas, la propuesta convierte los materiales del pasado en una pregunta abierta sobre el presente. ¿Qué hacemos con aquello que heredamos? ¿Qué partes de esa historia queremos conservar y cuáles necesitamos revisar? Porque los mandatos también se transmiten a través de los rituales, los objetos y los silencios. Y ponerlos en escena puede ser una forma de reconocer su peso, explorar sus contradicciones y abrir la posibilidad de que el destino deje de parecer inevitable.
“Vestido Blanco. Los mandatos hechos rito, eco y destino» puede verse el 25 de octubre a las 20.30 en El excéntrico de las 18 (Lerma 420, Ciudad de Buenos Aires). Entradas disponibles en Alternativa Teatral.
