“Mis palabras”, una obra atravesada por la literatura, la discapacidad y el abuso en las relaciones de poder
Por Fernando Villalba

A veces el abuso se percibe concreto, manifiesto y sin vacilar. Toma la forma de gritos, de golpes y malos tratos, de violencia hecha carne. Pero otras, el abuso es tan complejo de registrar que puede pasar desapercibido por el entorno. Sin embargo, puertas adentro hay una advertencia, algo confuso que desorienta, que no tiene nombre aún, pero que es molesto y persistente. Este último escenario es el que representa “Mis palabras”, una obra de teatro dirigida por Marcelo Allasino. En 80 minutos, narra la importancia de las palabras ante una situación que empuja todo límite ético y moral, y de la que los espectadores somos testigos silenciosos.
Agostina Prato y Manuel Ramos encarnan a una alumna con discapacidad y a un profesor que se encuentran todas las semanas en un taller literario. Texto tras texto se va gestando un vínculo complejo en el que se involucran la escritura, la exploración de la sexualidad y la discapacidad; pero, sobre todo, el eje sobre el que se edifica el abuso: la relación de poder entre los protagonistas. Todo es atravesado por una experiencia artística increíblemente intensa. Tanto que, hacia el final, los aplausos del público se prolongaron por un minuto y medio.
“No parecía… extraña, salvo cierta insistencia con lo sexual, pero no me refiero solo a Cintia; sino que es una constante en ellos”, narra José Luis. La obra va y viene entre el desarrollo de los hechos y la interpretación posterior de los dos. “Lo fundamental es tratarlos con cariño y normalidad, como si no les pasara nada raro, ignorarlos aceptándolos y seguirles un poco el juego”.

Foto de Luzmaira L Maldonado
Solo son dos en escena, pero dialogan múltiples voces. En apariencia son nada más que un detalle, pero sus intervenciones hacen al contexto: los compañeros de taller, la novia de él, y la directora de la institución que recomienda con aires de superioridad el libro sobre discapacidad “Cuando el otro soy yo”. Porque ese otro es Cintia, su discapacidad y su comportamiento percibido como una rareza, fruto de la distinción entre unos comportamientos normativos y unos que se desvían.
“Respira acompasada y lentamente. Él es así. Es tranquilo como un remanso y suave como una pechuga asada. Lo veo, me imagino bocados de cosas frescas […]. Su boca una sandía jugosa y chorreante […]. Y ahí, adelante, una salchicha alemana. Salada, sabrosa y ancha”. Ella utiliza la fantasía erótica como motor de la creatividad. Sin embargo, nota que lo que produce sin pudor no es bien recibido: “Darle paso a mis palabras no es apropiado. Entonces vuelvo a mi ejercicio de robar palabras de otros, de la biblioteca de papá. Los libros me piden que los tome y los haga míos. Que sus palabras se vuelvan mías”.
Lo difuso del límite entre lo fantasioso y lo que pasó en realidad resultan el gran atractivo de la obra: los cambios de iluminación, de vestuario, la distorsión de la voz y la ambientación juegan con el espectador y su interpretación respecto a qué escenas fueron reales y cuáles no, y de cómo se desarrollaron las secuencias de una situación que, consabidamente para quienes lo observamos al final, se tornó grave y que tiene un responsable.

Al terminar la obra, la palabra “abuso” no aflora enseguida. Está en la superficie pero no es tangible. Las conclusiones se sienten confusas y no es hasta después que uno registra que se trata de una analogía de la construcción de la realidad: se funda sobre hechos e interpretaciones sobre estos, de superposición de unas miradas y no de otras, de un yo, de otredades y de raros. Y, en medio, la verdad.
El reestreno de “Mis palabras” puede verse todos los domingos de junio a las 17 en El Excéntrico de la 18º (Lerma 420, CABA). Las entradas están disponibles en Alternativa Teatral.
